Etiología de las Enfermedades Mentales
Heriberto González-Méndez E
    Las enfermedades mentales no obedecen a una causa única, por el contrario, son el resultado de la confluencia de una enorme cantidad de factores que comienzan a actuar desde el momento mismo de la concepción.
    A estos factores podemos dividirlos con fines docentes en predisponentes y desencadenantes.
    Entre los predisponentes se encuentran todos aquellos  que influyen en la estructuración de la personalidad.  Entre los desencadenantes están aquellas situaciones o alteraciones orgánicas, que al incidir sobre el individuo, van a provocar un tipo de respuesta inadecuada, a la cual llamamos enfermedad.
    Entre los elementos que más influyen en la estructuración de la personalidad tenemos:

1.-FACTORES PRENATALES:
1.1.- La Herencia: nuestra carga cromosómica en gran medida determinará el curso de nuestra maduración física y psicológica. Así como hereda­mos características físicas externas que nos asemejan a nuestros padres,  también existe una configuración heredada de nuestro SNC que nos predispone hacia determinadas formas de comportamiento, sensibilidad o inteligencia.
    En el caso de las alteraciones mentales, la idea de que son hereditarias ha sido uno de los temas más polémicos en psiquiatría. En la actualidad, como consecuencia de los avances en los estudios genéticos y el genoma humano existe convicción de que la herencia es un determinante crucial de muchas enfermedades mentales, siguen siendo importantes las experiencias sociales, interpersonales y patologías no mentales al menos en su inicio.
    Existen también anomalías cromosómicas que están asociadas a determinados trastornos, tal es el caso del síndrome de DOWN, un tipo de retardo mental que se asocia a la existencia de un cromosoma adicional en la posición 21. También se ha descubierto, que hombres que tienen dos cromosomas masculinos presentan agresividad patológica y conduc­ta impulsiva.
1.2.- Las condiciones de la madre durante el embarazo: en este período numerosos factores pueden alterar el delicado sistema  nervioso del embrión; Los que sobreviven pueden presentar multitud de patologías, que van desde la parálisis cerebral y la epilepsia, hasta una diversidad de incapacidades que retardan el desarrollo psicológico y aumentan la susceptibilidad del individuo a las tensiones,  con esto se favorece la aparición de trastornos mentales.
    Entre los acontecimientos que pueden resultar dañinos tenemos:
- Enfermedades de la madre: Infecciosas (viruela, rubéola, gripe, tuberculosis, toxoplasmosis, sífilis). No infecciosas (hipertensión arterial, diabetes). Estas enfermedades pueden producir  retar­do mental.
- Deficiencias nutricionales: la deficiencia de proteínas en la madre produce un menor desarrollo neuronal y la insuficiencia de yodo produce cretinismo.
- Intoxicaciones frecuentes con  alcohol u otras sustancias psicotrópicas.
- Alteraciones importantes y duraderas de la afectividad de la madre, lo cual produce desequilibrios neuro-hormonales  que se trasmiten al feto.
    Por otra parte, la buena salud y nutrición de la madre, el equilibrio emocional y  el amor que siente hacia su futuro hijo, influyen positivamente en la formación de un niño con tendencia saludable.
1.3.- La duración del embarazo: el embarazo a término permite la maduración completa del niño, en cambio, la prematuridad determina en ocasiones   trastornos del comportamiento y del apren­dizaje.



2. FACTORES PERINATALES; EL PARTO
    Así como el parto eutócico favorece la salud del niño, el parto distócico y sus  complicaciones, sobre todo las asociadas a la anoxia fetal, pueden provocar  daño cerebral y  predisponer a alteraciones mentales.
3. ESTRUCTURA MORFOLÓGICA Y PATRONES DE REACCIÓN INFANTIL
    La herencia, las condiciones del embarazo y del parto, la salud y hábitos de los padres,  determinan que cada niño tenga al nacer:
3.1.- Una estructura morfológica que le es característica. Aunque la configuración que un individuo llegue a tener en la vida adulta dependerá también de otros factores, como salud, alimentación, etc. Existe ya desde el nacimiento una tendencia a desarrollarse en determinada forma, la cual abarca desde los caracteres anatómicos visibles, tales como tamaño y forma corporal, hasta atributos histológicos cerebrales y endocrinos, todo lo cual conforma una predisposición a reaccionar y comportarse de determinada manera. Es tam­bién importante el aspecto físico del niño, porque el mismo fomentará conductas de acercamiento o rechazo por parte de los adultos que le rodean.
    Muchos autores afirman que existe una relación entre el biotipo y el psicotipo, y, que en caso de enfermedad psiquiátrica, puede haber correspondencia entre la  enfermedad y la estructura corporal.
    De las muchas clasificaciones del biotipo descritas, existen dos que son las más conocidas, la de KRETSCHMER (1921) y la de SHELDON (1940). Ambas utilizan la distribución relativa de grasa, músculo,  huesos, y los diámetros corporales. Sheldon, médico y psicólogo estadounidense, para diferenciar un grupo de otro usó para la clasificación de lo biotipos las capas embrionarias y el mayor o menor desarrollo de cada una de éstas. La técnica consiste en tomar fotografías del examinado y medir diferentes diámetros y distancias en el cuerpo. La clasificación de Sheldon  los des­cribe así:
- Endomórficos: en ellos predominan la grasa y el volumen de las vísceras abdominales, su silueta tiende a ser redondeada con predominio de los diámetros transversales. El temperamento básico es viscerotónico, que se caracteriza por tendencia a la expre­sión fácil de los sentimientos, la búsqueda de interrelaciones personales, el  gusto por la comida, el confort y el disfrute.
- Mesomórficos: en ellos predomina el tejido muscular,  tienden a desarrollar gran fuerza física y resistencia. Su temperamento básico es el somatotónico, que se caracteriza por tendencia a la actividad física, a la acción y a la imposición en sus relaciones personales.
- Ectomórficos: en ellos predomina el eje longitudinal, poseen una estructura frágil, sin grasa, con poca fuerza muscular. Su temperamento básico es el cerebrotónico, que se caracteriza por tendencia al retraimiento, la introspección y la dificultad para establecer relaciones interpersonales estrechas.
    La mayoría de la población combina en diferentes pro­porciones las características de estos tres tipos básicos.  No es posible predecir la tendencia a desarrollar determinado tipo de enfermedad mental guiándose sólo por la estructura corporal.  De acuerdo con Sheldon, en aquellas personas donde exista un predominio marcado de uno de estos biotipos, existirá también la predisposición a expresar la enfermedad mental de una determinada manera. Así, en caso de enfermedad psicótica, los endomorfos tenderán a presentar trastornos  bipolares  (psicosis maniacodepresiva), los mesomorfos a desarrollar trastornos paranoides y los ectomorfos esquizofrenias.
     Se relacione o no la estructura corporal con determinadas enfermedades mentales,  lo que si es muy probable, es que influya en la formación de la personalidad y la actitud ante si mismo y el mundo, ya que serán muy diferentes las experiencias vitales  de un individuo alto, musculoso, fuerte y enérgico a la de uno pequeño delgado y débil.
Kretschmer, psiquiatra alemán, clasifica los biotipos de la siguiente manera: Pícnico, estatura media, tórax ancho, predominio de diámetros transversales. Leptosómico: cuerpo delgado, predominio de diámetros longitudinales. Atlético, desarrollo músculo-esquelético.
3.2.-Patrón de reacción infantil: cada niño tiene desde el momento mismo del nacimiento una forma de respuesta que le es característica y lo diferencia de los otros. Así, hay niños inquietos o tranquilos, vivaces o torpes, irritables o alegres; regulares en sus horarios de sueño, evacuaciones y alimentación o irregulares; con apetito o inapetentes.
    Estos patrones de reacción facilitan o no su relación con las otras personas,  provocan en los padres respuestas que tienden a reforzar o a debilitar los patrones congénitos. Ej. un niño torpe, irritable, llorón, irregular en sus horarios e inapetente, puede provocar en sus padres rechazo y agresividad, lo cual también provocará en él agresividad y con­tribuirá a hacerlo más intranquilo. El niño vivaz, alegre, regular en sus horarios y con apetito, tiende a promover en los adultos conductas de aceptación y afecto, que reforzarán en él las conductas agradables.
    Estos patrones de respuesta tienden a perpetuarse a través de los años en forma de tendencias hacia la actividad o la pasividad. El activo tiene mayor oportunidad de explo­rar y conocer el medio, pero también choca con más frecuen­cia con las normas y se expone a la represión y la agresividad de otros niños y adultos, con el consiguiente sentimiento de frustración y rabia. El pasivo obtiene menos información y experiencia, pero se expone menos a la agresión.
    Estas tendencias no son inmodificables. Un medio represi­vo puede transformar a un niño vivaz y explorador en taciturno y triste,  al contrario, padres comprensivos y afectuosos, pueden transformar a un niño irritable e intranquilo en plácido,  al tímido en asertivo y emprendedor.
4.- EXPERIENCIAS VITALES
    Si bien el niño al nacer ya trae predisposición congénita, los factores ambientales pueden reforzar o modificar sus tendencias.
    Las condiciones adversas pueden imposibilitar o di­ficultar el desarrollo normal y predisponer a los trastornos mentales, aun cuando la tendencia congénita del niño sea saludable.
    El efecto del medio es tanto mayor y más persistente cuanto más inmaduro se encuentre el organismo; es por ello que los acontecimientos ocurridos en la infancia tienen tanta importancia en la estructuración de la personalidad y son determinantes en toda la vida posterior del sujeto.
    A continuación describiremos los factores que más influ­yen en el proceso de desarrollo del niño, en la promoción y preservación de la salud, o en la predisposición a la enfer­medad a partir del momento del nacimiento:
4.1.- Las características psicológicas de los padres y de otros adultos que han sido importantes en la vida del niño, los rasgos más sobresalientes de sus personalidades, así como las ideas que tengan de si mismos  y el mundo, y las estrategias básicas que utilicen en la relación familiar, determinarán la forma como satisfarán las necesidades básicas de los niños, como proporcionarán los estímulos necesarios para su desarrollo, como impondrán las normas disciplinarias,  cuales serán los valores éticos y morales que guiarán su conducta y cual será el estilo gene­ral de comunicación familiar.
    Adultos amorosos, comprensivos, permisivos y flexibles, que tengan con el mundo  una relación básica de confianza, proporcionarán relaciones de cooperación y armonía, lo cual facilitará la formación de personalidades estables, con gran capacidad  de adaptación al estrés.
    Adultos fríos, distantes, indiferentes, muy variables en sus estados de ánimo o decididamente hostiles, tienden a generar una serie de conflictos familiares que repercuten negativamente en la estructuración de la personalidad  de los niños.
4.2.- La satisfacción de las necesidades básicas: el hombre al nacer es un ser débil, indefenso, absolutamente de­pendiente, que necesita la ayuda de sus padres o sustitutos para poder sobrevivir. En este estado tiene una serie de necesidades básicas que deben ser cubiertas; debe ser prote­gido, abrigado, estimulado, tenido en brazos, acariciado y alimentado.
    Cuando tales necesidades son satisfechas, el niño experimenta placer y bienestar,  su organismo continúa un desarrollo normal. Cuando las necesidades no son satisfe­chas, el niño sufrirá, llorará, gritará y actuará para su satisfacción; si como producto de ello puede mitigar su dolor pero no satisfacerse del todo, tenderá a organizar su conducta en torno a la búsqueda de esa satisfacción; así, el hambriento buscará comida y el carente de amor tratará continuamente de ser tomado en cuenta,  querido y apreciado. En otros casos, cuando a pesar de todos los esfuerzos el niño no logra ninguna satisfacción, sufrirá tanto, que para defenderse del dolor lo reprimirá, lo hará inconsciente,  con ello aparentemente desaparecerá la necesidad, así, el privado de alimento, después de algún tiempo llegará a no sentir hambre,  en casos extremos podrá morir permaneciendo indiferente ante la comida. El que no tuvo amor lle­gará también a ser indiferente ante él, pudiendo incluso sentir molestia, rechazo o agresividad ante las manifest­aciones amorosas.
    Ambas conductas, la búsqueda insaciable o la indife­rencia, influirán notablemente en el desarrollo psicológico.
4.3.- La estimulación: el desarrollo y mantenimiento de las conexiones nerviosas depende de la periódica activación de los estímulos. Es por ello que existe una relación directa entre la estimulación que un niño recibe y la posibilidad de desarrollar sus órganos sensoriales, sus destrezas motoras y su capacidad intelectual.
    Un medio pobre en estímulos dificulta el desarrollo y provoca diversos tipos de alteraciones. Los niños poco estimulados presentan deficiencia en sus capacidades de aprender y  resolver problemas intelectuales, son impulsivos, se les dificultan las relaciones interpersonales, son susceptibles de presentar desarreglos sensoriomotores,  tienen escasa resistencia frente a las tensiones y enfer­medades. Estas deficiencias no sólo retrasan el desarrollo de las facultades más complejas, sino que provocan en los otros reacciones hostiles y de rechazo que agravan su situación.
    Un entorno rico en estímulos favorece el desarrollo, afianza la capacidad de hacer frente a los problemas, aumenta las resistencias del organismo al estrés, fomenta el desarrollo de capacidades intelectuales y posibilita conductas adaptativas.
    Una estimulación excesiva, si bien puede desarrollar mucho algunas facultades, exigirá permanentemente un alto nivel de estimulación, si no se satisface, el niño se sentirá aburrido y fastidiado,  para evitar esto buscará continuamente aventu­ras y sensaciones excitantes, lo cual puede transformarse en una fuente permanente de problemas.
    Los estímulos que el niño necesita no son los mismos a todas las edades. De acuerdo a la maduración neurológica existen períodos en los cuales determinados estímulos son más importantes que otros.
    Al nacer, el niño tiene desarrollado los sentidos del olfato, tacto y gusto, por lo tanto, en esta época las estimulaciones más importante consisten en tocarlo, acariciar­lo, permitirle oler sustancias diversas, degustar el alimento y mantenerlo a una temperatura confortable.
    En los meses siguientes se desarrollan los sentidos del oído y la vista, es entonces cuando además de lo anterior, necesita que le canten, le hablen, le muestren objetos de colores vistosos y formas diferentes, como cuentas de colla­res, móviles, sonajeros etc..
    A medida que el niño puede controlar sus movimientos y hacerlos más efectivos, se abre para él una nueva etapa. Comienza a independizarse progresivamente de los padres, puede estimularse, buscar nuevas formas de sensaciones y explorar; en este período es muy importante que se le permi­ta deambular, treparse, tomar objetos, y que se le estimule la coordinación motora por medio de juegos, que de acuerdo con la edad van desde mover las manos en una forma determinada al ritmo de una melodía, hasta ensartar aros en un palo, construir con cubos, jugar a las metras y los trom­pos, luchar con otros niños, etc..
    La limitación de las libertades necesarias para realizar estas actividades, dificultará no sólo el desarrollo de destrezas motoras, sino también el proceso general de autonomía. Padres muy sobreprotectores y temerosos, que coartan las libertades exploratorias, promueven personalidades tímidas y dependientes, que tendrán muchas dificultades para competir, luchar y relacionarse con sus iguales.
    Padres afectuosos, equilibrados y presentes, que desean realmente el desarrollo pleno del niño, podrán satisfacer todas estas necesidades y llegar a un equilibrio en la dosificación de los estímulos,  en forma espontánea.
    Padres ausentes, en conflicto o psicológicamente inestables, encontrarán difícil lograr el equilibrio y tenderán a proporcionar los estímulos  en forma  variable, rígida, con normas estrictas, de acuerdo con sus estados de ánimo  y no con las necesidades del niño.
    Otro período muy importante, que requiere de un tipo de estimulación especial, se inicia a medida que se va adquiriendo el dominio sobre el lenguaje verbal; además de fa­cilitar la comunicación con los padres, la verbalización permite el desarrollo progresivo de los niveles superiores del intelecto; se hace posible la elaboración de ideas, la capacidad para conceptuar, razonar, generalizar informa­ción,  hacer abstracciones, con lo cual puede el niño ampliar   su capacidad para comprender, aprender y adaptarse. En esta etapa que dura varios años, la riqueza del medio es determinante. Un ambiente que ofrezca informa­ción variada y estimulante,  que induzca a responder con niveles cada vez más complejos de pensamiento, fomentará el desarrollo intelectual. Lo contrario ocurre cuando la es­timulación es escasa, monótona y  no exige respuestas de complejidad creciente. En estos casos, aunque el niño pueda aprender todas las conductas necesarias para desenvolverse en la práctica de una forma efectiva, se le dificultará mucho el pensamiento abstracto, es por ello, que para desarrollar los niveles superiores del intelecto no basta con padres amorosos y equilibrados, es necesario además que estén capacitados y hayan adquirido un buen nivel intele­ctual, o en su defecto, que otra institución como la escuela los sustituya y se encargue de desarrollar esta área de la personalidad y el intelecto.
4.4.- Las normas: otro factor muy importante, es la forma como los padres tratan de encausar la conducta del niño para que se adecue a las exigencias del ambiente. Esto se hace a través de las normas; aunque el contenido de ellas puede ser muy variado, los estilos para inducir o imponer estas conductas pueden reducirse a cuatro modelos básicos.
- Normas protectoras permisivas: Los padres que siguen este método, suelen tener ideas claras de lo conveniente. El número de prohibiciones es relativamente escaso y está dirigido a proteger al propio niño o proteger la integridad de otras personas u objetos. Dan casi siempre el mismo tipo de respuesta ante las transgresiones y ante los éxitos, refuerzan las conductas positivas y señalan las negativas sin utilizar calificativos denigrantes. Tratan de evitar el castigo físico,  en la medida de lo posible hacen que el niño tome conciencia del resultado de su conducta. Por otra parte, en forma progresiva y en relación directa con el aprendizaje adquirido, le van dando mayor autonomía y libertad. En estos niños se promueve la responsabilidad, se les enseña a ver la relación entre sus actos y las consecuencias de estos, lo que les ayuda a autorregularse.
- Normas represivas: Son una serie de actitudes y conductas cuyos factores comunes son el predominio de la agresión y el gran número de prohibiciones. Estas conductas van desde los insultos verbales, humillaciones e intimidaciones, hasta la agresión directa en diversos grados de intensidad, como ence­rrarlos en cuartos oscuros, arrodillarlos sobre granos de maíz, quemarlos,  golpearlos.
    Mientras más agresivos sean los padres, más fuertes los castigos y menores los motivos para castigar, mayor será el número de alteraciones que se provoque. El niño reprimido puede exhibir una gran cantidad de conductas inadaptadas, que van desde la sumisión y los miedos irracionales hasta la re­beldía a ultranza y la agresividad sin límites.
- La ausencia total de normas: Consiste en permitirle al niño hacer todo lo que quiera, sin freno alguno y sin disciplina,  aunque su conducta sea francamente censurable y asocial. Estos niños tienden a desarrollar conductas exigentes, son agresivos, irresponsables, impulsivos, sin consideración hacia los otros.
- Las normas variables: Consiste en cambiar el estilo de las normas de acuerdo al estado de ánimo de los padres. Si se sienten bien, le permiten hacer al niño lo que él quiera;  si están molestos, lo castigan brutalmente ante cualquier falta. Los niños sometidos a estas va­riaciones no saben nunca que esperar, deben estar atentos para intentar  deducir como están los padres. Todo esto los induce a ser ansiosos, manipuladores, explosivos, impulsivos e imprevisibles.
4.5.- Los valores: Los códigos morales y éticos aprendidos durante la infancia, muchos de ellos en el seno de la familia, resultan de enorme importancia, tanto  para promover la adaptación adecuada y el equilibrio mental, como para fomen­tar los conflictos interpersonales e intrapsíquicos. A pesar de la enorme variedad de sus contenidos aquí los dividiremos en dos estilos opuestos:
- Los valores morales no adecuados a las circuns­tancias, que se imponen como verdades absolutas y en forma rígida, suelen ser fuente permanente de problemas, tanto entre los miembros de la familia como en el interior de cada uno, cuando se oponen a la satisfacción de necesidades fundamentales.
- Los valores éticos flexibles y actualizados, que toman en cuenta tanto las necesidades personales como el bien común, resultan muy útiles como guía general, tanto en la conducta familiar como en la de cada uno de sus miembros en particular.
4.6.- Los estilos de comunicación familiar: La forma como cada persona se expresa, depende en gran medida de lo que ha aprendido en su hogar. A pesar de las diferencias individuales que puedan existir, cada familia tiene una tendencia a comunicarse de determinada manera.
    Aunque la expresión de los sentimientos y pensamientos suelen ir juntos, aquí los diferenciamos con fines didá­cticos:
- Expresión de sentimientos: Existen tres formas básicas. En algunas familias se fomenta la represión de los sentimientos,  se promueve el distanciamiento emocional y la actitud reservada entre sus miembros. Se tratan de imponer normas de "cortesía y buena educación" y se coarta cualquier manifestación abierta de lo que se siente, lo cual es considerado como una falta de respeto o un signo de inmadurez. En otras familias, por el contrario, existe muy escaso control sobre las emociones; entre sus miembros son muy frecuentes las explosiones de rabia, los accesos de llanto o risa, los gritos, las peleas escandalosas, etc. En estas familias se promueven personalidades inestables y explosivas.
    Un tercer grupo de familias es intermedio, logra el equilibrio. Sus miembros han aprendido y están autorizados a expresarse emocionalmente, pero también logran contenerse; de esta forma adecuan su expresión afectiva a las circunstancias, lo cual facilita la estructuración de personalidades estables, capaces de dar y recibir afecto, pero que no se dejan llevar por sus explosiones emocionales.
- Expresión del pensamiento: Aquí describiremos dos modelos opuestos. En algunas familias el estilo de comunicación básica es la expresión directa, clara y precisa. Sus miembros han aprendido a pedir lo que necesitan en forma explícita y a actuar abiertamente para conseguirlo. Son capaces de reconocer sus errores y de rectificar. En otras por el contrario, la pauta es la comunicación ambigua, la descalificación, la lucha solapada por el poder, la manipulación, los mensajes contradictorios y paradójicos que nunca se aclaran, etc. Entre sus miembros es muy difícil la autocrítica, cualquier observación es tomada como agresión y se defienden de ella,  por lo tanto, les cuesta mucho trabajo rectificar. La mayor parte de las familias se sitúan entre estos dos extremos.
4.7.- La educación sexual: Alrededor de los tres o cuatro años de edad comienzan los niños a mostrar intereses sexuales. La forma como los padres y maestros reaccionan ante ello será un reflejo de las normas y valores que tengan, en especial de su propia concepción de la sexualidad.
    Adultos amorosos, protectores, sin prejuicios, podrán con facilidad dar la información sexual en una forma clara, sencilla,  veraz; la adecuarán a la capacidad de comprensión del niño, permitirán la auto y heteroexploración, pautarán algunas normas para protegerlos  sin reprimirlos. En una situación así, es muy difícil que se desarrollen conflictos en esta área. Lo contrario ocurre cuando el sexo es considerado malo, pecaminoso, sucio, entonces, o se prohíbe explícitamente, o se trata como un tabú del que nunca se habla, se evaden las preguntas o se miente abiertamente. En estos casos el niño piensa que el sexo es algo que debe ser ocultado y negado, tratará entonces de reprimir sus impulsos, que son experimentados  como  vergonzosos y pecaminosos, presenta grandes sentimientos de culpa ante las fantasías sexuales o la necesidad de masturbación.
    Resultan también  inconvenientes la sobreestimulación sexual y la combinación de represión con actitudes seductoras, de esta manera se fomentan desequilibrios en esta área que  serán fuente continua de conflictos a lo largo de toda la vida de la persona.
4.8.- La estructura familiar: Es  importante el número de miembros que forman una familia,  es muy diferente la vivencia de un hogar constituido por los padres y uno o dos niños a la de grupos de 10 o 12 hermanos, que además convivan con abuelos, tíos y primos. Será muy diferente la repercusión que sobre los hijos tendrán  padres unidos física y emocionalmente a padres separados, divorciados o muertos.
    Influye también la ubicación cronológica que  ocupa entre los hermanos, porque de acuerdo a ello tenderá a desarrollar determinados comportamientos; el hijo único es generalmente mimado y consentido, no tiene que competir por el cariño y atención de los padres,  esto fomentará una conducta egocéntrica, con grandes dificultades para compartir y competir. El primogénito, sobre el cual generalmente se hace recaer la responsabilidad de cuidar a sus hermanos menores, tiende a desarrollar el don de mando y a luchar por mantener el poder. El segundo suele tener un agudo sentido de compe­tencia, bien sea en forma directa o mediante estrategias de manipulación. Para los intermedios no hay características específicas,  dependerán mucho de las alianzas que se es­tablezcan. Al último de varios hermanos le suelen tocar  los padres "cansados", menos exigentes,  más tolerantes,  esto con frecuencia le proporciona una serie de beneficios sin mucho esfuerzo, de allí que tiendan a ser cómodos y despreocupados y a utilizar la energía de los demás para su propio beneficio, en algunos casos pueden superar a sus hermanos.
    También es importante la proporción de niños y niñas,  es  diferente la vivencia de parejas de hermanos del mismo sexo, a la de sexos opuestos, o cuando se es el único varón entre varias hermanas y viceversa.
4.9.- Las experiencias traumáticas: Determinados acontecimientos, sobre todo si ocurren en edades iniciales de la vida o en niños cuya experiencia vital previa haya sido desfavorable, pueden dejar huellas profundas en el individuo y servir como desencadenantes de alteración mental. Aquí se engloban todas las situaciones capaces de provocar intenso dolor, miedo, humillación o culpa. Los efectos de estos hechos podrán ser disminuidos o exacerbados, lo que dependerá de la actitud que  asuman los adultos.
4.10.- Factores sociales: Los factores socioeconómicos determinan las normas y valores generales de una sociedad, así como las posibilidades reales que cada miembro tiene para desarrollar o no sus potencialidades, y para recibir o no ayuda en caso de que lo necesite.
    Nuestra sociedad, aparte de la forma injusta en que repar­te sus riquezas, ofrece algunas otras características que favorecen el desequilibrio emocional. Entre estas tenemos:
- La velocidad del cambio: Esto  ha provocado una variación continua de las normas y la escala de valores. Esta inestabilidad exige para mantenerse sano una gran capacidad de adaptación. Quienes por su infradotación biológica o sus aprendizajes inadecuados no están a la altura de estas exigencias, presentarán ante los cambios síntomas de enfermedad mental, como ansiedad, depresión, apatía, confusión.
- La competencia y la búsqueda del éxito colocan al hombre contra el hombre, rompen los lazos fraternos de solidaridad y amistad, condenan al individuo a una lucha continua, a la desconfianza,  a la soledad. Como el "éxito" está  reservado a unos pocos, la mayoría podría sentirse defraudada y confundida, con riesgo de presentar síntomas de ansiedad y depresión compatibles con manifestaciones neuróticas.
- La condición de explotación, miseria, pobreza, que pesa sobre la mayoría de la población, hace que para ella la salud mental sea una utopía. Carentes de protección, privados de afecto y estímulos adecuados, nacidos en hogares deshechos y altamente conflictivos, rechazados y humillados, los niños marginales se hacen más propensos a las enfermeda­des mentales graves.
    En base a todas estas experiencias y situaciones, cada uno de nosotros va creando una idea de si mismo y del mundo, así se estructuran una serie de conductas características que constituyen la personalidad.
     Un individuo que como producto de todas las circuns­tancias perinatales nace con una constitución psicofísica saludable y fuerte, ha sido deseado y querido, se desarrolla en un hogar armónico donde se satisficieron sus necesidades,  aprendió normas adaptativas y gratificantes, es probable que tenga una idea de que él está bien, que el mundo es bueno, y tienda a establecer relaciones gratificantes, a adaptarse o defenderse de las situaciones patológicas; estructura de esta forma una personalidad estable. Un individuo así tiene  pocas probabilidades de presentar alteraciones mentales, salvo aquellas que sean el producto de una acción directa sobre el SNC.
    En el caso contrario, todos los factores que determinan una constitución psicofísica débil, así como las experien­cias vitales donde prive el desafecto, el abandono, la agresión, la falta de estímulos, las normas contradictorias y agresivas, fomentarán en el individuo  que él, o el mundo, o ambos están mal. Aprenderá a reprimir, negar, proyectar en otros sus propios conflictos, distorsionará la realidad. Como sienten el mundo como algo hostil estarán a la defensiva, serán agresivos o sumisos; provocarán en los demás conductas de explotación y hostilidad, lo cual confirmará sus ideas con respecto al mundo y perpetuará su conducta. Estos individuos estructurarán personalidades inestables, estarán predispuestos a sufrir cualquier tipo de patología mental, la cual variará en cada uno de ellos de acuerdo a la forma como se combinen en cada caso particular todos los factores aquí expuestos, y tal vez otros que descono­cemos todavía.
     Resumiendo: los factores que se describieron son a la vez responsables de la estructuración de la personalidad y de la predisposición hacia conductas saludables o hacia patologías.
    A lo largo de toda la vida, el individuo será sometido a una serie de situaciones de estrés que pondrán a prueba su capacidad de adaptación. Cuando la personalidad es básicamen­te estable y el estrés no es muy intenso o constante, en la mayoría de los casos pasará la prueba y mantendrá su salud, pero en caso contrario, las situaciones conflictivas desen­cadenarán procesos patológicos llamados reactivos, cuya gravedad será directamente proporcional a la intensidad del estrés y a la inestabilidad previa de la personalidad.
    Existen  situaciones en las cuales puede desarrollarse­ una conducta inadecuada, sin que exista un factor desencadenante externo claramente definido, y sin que puedan demostrarse alteraciones primarias del SNC. En estos casos se dice que el origen es endógeno, no orgánico; se quiere decir con ello que se debe a conflictos psicológi­cos, generalmente de origen infantil, cuya relación directa con la situación actual escapa tanto a la observación externa como a la introspección.
    Por otra parte, cuando la enfermedad está determinada por un agente causal que  produce lesiones o modificaciones en el funcionamiento del SNC, recibe el nombre de orgánica, puede deberse a:
    1) Alteraciones del Sistema Nervioso Central: El Sistema Nervioso es el sustrato material de todas nuestras conductas y sentimientos, es por ello lógico pensar que cualquier alte­ración en su estructura y funcionamiento se traduzca irremediablemente en trastornos mentales. Sin embargo, esto no es así, las funciones psicológicas superiores no están localizadas o fijadas en un área determinada, surgen de una complicadísima red de interacciones y circuitos de retroali­mentación que conectan entre si las diversas zonas. Es por ello que las lesiones focales, a menos que afecten un área crucial para la activación o integración global de los procesos cerebrales, pueden ser en buena parte compensadas por el funcionamiento total del sistema.
    Lo contrario ocurre en los siguientes casos: Cuando las lesiones están localizadas en áreas como los sistemas reticular, límbico, frontal, ya que  juegan un papel muy impor­tante en la integración de la actividad cerebral y en los mecanismos de excitación, atención, motivación y emoción.  En los procesos difusos que alteran muchas áreas.
    En ambos casos se pueden producir trastornos de la conducta y de la afectividad, que pueden ser permanentes cuando hay lesión tisular, o reversibles cuando no hay daño estructural en los tejidos; es necesario recordar los conceptos de neuroplasticidad que cada día aportan mas conocimiento acerca del SNC.
    Las alteraciones permanentes pueden ser congénitas, o pueden ser el producto de  neoplasias,  traumas físicos, o procesos degenerativos de cualquier etiología.
    Las alteraciones reversibles pueden ser:
        - Procesos inflamatorios de etiología infecciosa o traumática, que no dejen daño tisular.
        - Desorganización transitoria de la actividad cerebral debido a epilepsia.
        - Alteraciones bioquímicas en las cuales se producen trastornos de la síntesis, liberación o destrucción de los neurotransmisores.
        - Acción de agentes tóxicos: estos pueden ser endógenos  (productos de alteraciones me­tabólicas, enfermedades como  diabetes,  insuficien­cias renal y hepática),  o exógenos  (alcohol, alucinógenos,  venenos de acción psicotropa).

    2.- Alteraciones en el Sistema Nervioso Autónomo: El sistema simpático prepara al individuo para responder rápidamente ante las situaciones de emergencia, mientras que el sistema parasimpático es esencialmente un sistema de man­tenimiento que facilita las funciones normales de los órga­nos con los cuales  está conectado.
    Normalmente existe un equilibrio entre estos grupos esencialmente antagonistas, pero cualquier disfunción en la transmisión de los impulsos, dará lugar a reacciones  deficitarias o excesivas en los órganos activados por ellos.
    En el caso de la hiperfunción simpática, por ejemplo, se liberará excesiva cantidad de adrenalina, la cual desencade­nará una reacción general de alerta, con todas las manifestaciones físicas y psíquicas que le son características, como consecuencia, el individuo se siente en situación de peligro, aun cuando no existan razones externas para ello.
    3.- Alteraciones del Sistema Endocrino: Debido a que pequeñas cantidades de hormonas pueden tener efecto sobre un gran número de funciones corporales, es lógico pensar que su alteración puede también traducirse en síntomas psíquicos, por ejemplo, la ACTH estimula la corteza suprarrenal, la cual interviene de manera esencial en las reacciones de estrés; la hiperfunción tiroidea produce  síntomas semejantes a los estados de ansiedad,  la hipofunción produce síntomas similares a los cuadros depresivos.
 


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